Cómo empezar a meditar cuando tu cabeza no para

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«Lo he intentado, pero no puedo meditar. Me siento y mi cabeza no deja de pensar.»

Quizá te suene. Es una de las frases que más escuchamos cuando alguien se acerca por primera vez a la meditación. Y muchas veces detrás de ella hay una idea que conviene desmontar desde el principio: creer que meditar significa conseguir que la mente se quede completamente en silencio.

Pero la mente piensa. Es su naturaleza. Igual que el corazón late o los pulmones respiran, nuestra mente genera pensamientos constantemente. Algunos son importantes, otros absurdos, algunos nos ayudan y otros simplemente aparecen y desaparecen. No podemos dejar de pensar para poder meditar. Lo que sí podemos aprender es a relacionarnos de otra manera con aquello que pensamos.

Meditar no consiste en dejar de pensar, sino en aprender a observar nuestros pensamientos sin tener que seguir cada uno de ellos.

Cuando te das cuenta de que te has ido, ya estás meditando

Te sientas, cierras los ojos y llevas la atención a la respiración. Durante unos instantes estás ahí. Hasta que aparece un pensamiento. Después otro. Y otro. De repente te das cuenta de que llevas varios minutos pensando en una conversación que tuviste ayer, en algo que tienes pendiente para mañana o en cualquier otra cosa.

Y quizá aparezca ese pensamiento tan conocido: «Otra vez me he distraído. No sé meditar». Pero precisamente ahí empieza la práctica. El momento en el que te das cuenta de que te has ido es el momento en el que estás volviendo a estar presente.

No has fallado. No tienes que empezar de nuevo. Simplemente vuelves a la respiración, al cuerpo, a las sensaciones del momento. Y cuando tu mente vuelva a marcharse, vuelves otra vez. Una y otra vez, con paciencia. La práctica no está en conseguir que la mente nunca se vaya. Está en aprender a regresar.

Vivimos rodeados de ruido

Durante el día recibimos estímulos constantemente: mensajes, notificaciones, pantallas, conversaciones, trabajo, preocupaciones, cosas que hacer y cosas que recordar. Nuestra atención está acostumbrada a saltar de un lugar a otro casi sin descanso.

Por eso, cuando nos sentamos en silencio, puede parecer que nuestra mente está más activa que nunca. Pero quizá no tengas más pensamientos que antes. Simplemente estás empezando a escuchar aquello que durante el día queda escondido detrás del ruido.

La meditación nos ofrece algo que hoy puede resultar muy valioso: un espacio en el que no tenemos que producir, resolver, responder ni llegar a ninguna parte. Durante unos minutos podemos simplemente estar. Sentir el cuerpo. Escuchar la respiración. Observar lo que aparece dentro de nosotros sin tener que hacer nada con ello.

No tienes que hacerlo perfecto

Otro de los grandes obstáculos al comenzar es querer hacerlo bien. Buscar la postura perfecta, respirar correctamente, permanecer completamente quieto, no pensar en nada y terminar sintiéndonos en paz. Y cuando no ocurre nada de eso, pensamos que la meditación no se nos da bien.

Pero la meditación no consiste en alcanzar un estado determinado. No tienes que estar tranquilo para meditar. Puedes estar inquieto, cansado, preocupado o incluso tener un día especialmente difícil. Puedes sentir emociones, notar tensión en el cuerpo o tener la cabeza llena de pensamientos. Todo eso puede formar parte de la práctica.

Porque meditar no significa fabricar una sensación de calma. Significa aprender a estar presente con lo que hay, sin luchar constantemente contra ello.

La respiración como lugar al que volver

Cuando la mente se pierde, necesitamos un lugar al que regresar. Y la respiración puede convertirse en ese punto de encuentro. No necesitas cambiarla ni controlarla. Simplemente sentir cómo entra el aire, cómo sale, cómo se mueve el abdomen o cómo se expande suavemente el pecho. La respiración está sucediendo ahora, en este instante, y por eso puede ayudarnos a volver al presente cuando nuestra mente se ha marchado hacia el pasado o hacia el futuro.

Cada vez que descubres que estás pensando en otra cosa, vuelves. Sin enfadarte contigo. Sin juzgarte. Sin intentar hacerlo perfecto. Vuelves. Y quizá eso sea una de las enseñanzas más bonitas de la meditación: aprender que siempre podemos regresar al momento presente.

Poco a poco aparece un espacio

Los cambios que produce una práctica de meditación no siempre son espectaculares ni inmediatos. Muchas veces aparecen de una forma mucho más sutil.

Quizá un día te encuentres respirando antes de responder a algo que normalmente te habría hecho reaccionar. Quizá puedas observar una emoción sin dejarte arrastrar inmediatamente por ella. Quizá una preocupación siga estando ahí, pero ya no ocupe todo tu espacio interior.

Empieza a aparecer un pequeño espacio entre lo que sucede y la manera en que respondemos. Y en ese espacio hay libertad. No significa que dejes de sentir, de pensar o de preocuparte. Significa que poco a poco puedes empezar a elegir cómo relacionarte con todo ello, en lugar de reaccionar automáticamente ante cada pensamiento o emoción.

Meditar también es aprender a escucharte

Pasamos gran parte del día haciendo cosas y, muchas veces, dejamos de escuchar lo que sucede dentro de nosotros. El cuerpo habla, la respiración cambia, aparece cansancio, tensión, emociones que hemos ido guardando o necesidades que hemos aprendido a posponer.

La meditación nos invita a detenernos y escuchar. No siempre para encontrar una respuesta. No siempre para solucionar algo. A veces simplemente para reconocer lo que está ahí. Escucharnos también es una forma de cuidarnos.

Y cuando empezamos a prestar atención al cuerpo, a la respiración, a las emociones y a los pensamientos, podemos comenzar a conocernos desde un lugar diferente, con menos juicio y más presencia.

¿Es mejor meditar solo o acompañado?

Puedes empezar perfectamente por tu cuenta. Cinco minutos al día pueden ser un buen comienzo. Pero practicar acompañado también puede ayudarte a crear un espacio de constancia y compromiso contigo mismo: un momento de la semana reservado para parar, una voz que te guía y un grupo con el que compartir el silencio.

Además, descubrir que a otras personas les ocurre exactamente lo mismo que a ti puede resultar liberador. Que la mente se vaya, que aparezcan pensamientos, que algunos días cueste más concentrarse o que aparezcan emociones durante la práctica no significa que lo estés haciendo mal. Forma parte del camino.

Nuestra clase de Meditació i Pranayama combina meditación, respiración consciente y mindfulness en un espacio pensado tanto para quienes empiezan como para quienes ya tienen experiencia. No necesitas saber meditar para venir. Vienes precisamente para aprender a hacerlo.

No esperes a que tu cabeza se calme para empezar

Quizá piensas que comenzarás cuando tengas menos trabajo, cuando pase esta etapa, cuando estés menos cansado o cuando tengas más tiempo. Pero puede que ese momento no llegue nunca. La vida no siempre se detiene para que nosotros podamos encontrar calma.

Por eso quizá la práctica consiste precisamente en aprender a sentarte en medio de la vida que tienes ahora. Con tus pensamientos, tus emociones, tus preocupaciones, tus días buenos y tus días difíciles. No necesitas media hora. No necesitas hacerlo perfecto. A veces solo necesitas sentarte unos minutos, cerrar los ojos, respirar y darte permiso para estar ahí.

Meditar no es conseguir que tu mente se quede en silencio. Es aprender a permanecer contigo incluso cuando dentro de ti hay ruido. Y quizá, con el tiempo, descubras que la calma no aparece cuando todos los pensamientos desaparecen, sino cuando ya no necesitas luchar contra ellos.

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